Llevo mucho tiempo buscando la palabra exacta para describir lo que siento, o lo que no siento, pero creo que aún no está inventada. Mientras tanto, me conformaré con decir que sólo siento vacío. Es una sensación sorda, similar a la que sientes cuando estás pasando por un túnel con el coche: se te taponan los oídos y, a veces, cuando estás a mucha altura, sientes una presión hueca en el pecho y en la cabeza. Y eso es lo que me pasa, estoy metida en un túnel tan largo, oscuro y frío que ya ni avanzo.
¿Habéis oído alguna vez un corazón romperse? Es como oír una gran explosión en una cristalería. Sabes que todo está volando por los aires, que cada trocito se está clavando en todos los recodos del cuerpo, pero no puedes hacer nada, llegas demasiado tarde.
De repente, dejas de ser tú. Por fuera eres la misma, no cambias. Pero te afilas. Te enfrías. Tu corazón te mantenía cálida y viva, pero tras la explosión, cada trocito de este se enfría, transformándose en carámbanos y sometiendo tu cuerpo al hielo. Algo en tu mirada cambia: tus ojos dejan de ser transparentes. Se vuelven opacos, sin luz, sin vida, sin sentimientos, sin nada. Sólo son dos bolas marrones que miran perdidos al horizonte. Perdidos, porque están buscando tu alma, tu vida.
Y dejas de sentir. Bueno, no teóricamente. Como ya te expliqué, es como dejar de respirar. Pero permanentemente. Llega un momento en el que estás tan encerrada en ti que entras en una especie de sopor, de adormecimiento mental. Tus sentimientos se paran, sintiendo un dolor sordo contínuo, con el que tienes que convivir. Ese dolor se concentra en el pecho, donde más trocitos de cristal tienes. Y cuando respiras, duele, y puedes oír el chirriar de los cristales, como si estuvieran arañando una pizarra con las uñas.
Pero hay días que el dolor se extiende por todo tu ser, y te duele hablar, pensar, incluso pestañear. Esos son los peores días.
Acabas acostumbrándote a que todos hablen de ti, de que has cambiado mucho en poco tiempo, que ya no te relacionas, que parece que estás muerta. En realidad tienen razón, ¿para qué negarlo?
Me abandoné, lo admito. Me dejé tragar por el agujero negro que dejó la explosión en mi pecho. Ese agujero que cada noche me ahoga más, se agranda, me traga. Hace que tenga pesadillas y me despierte gritando. Ese agujero que me duele al respirar, que me impide seguir viviendo. Lo peor del agujero es que no se cierra. Con los bordes en carne viva, se va abriendo más y más y a la mínima grieta hace que me hunda en la miseria.
Sinceramente, no quiero que nadie entienda lo que siento. No quiero que nadie viva lo que estoy viviendo.
Pero bueno, para toda enfermedad hay una cura, y yo tengo dos: la música y escribir. Escribir hasta que me duela todo. Escuchar música hasta que los oídos pidan clemencia. Está claro que odio el blanco y el silencio, y necesito rellenar ambas cosas.
¿Sabes qué? Creo que voy a salir de esta. No voy a salir intacta, ni bien parada, pero saldré. Cada día siento que me hago un poco más fuerte. El dolor no cesa, pero es algo menos opaco. O eso parece. Mientras tanto, yo y mi invierno interno seguiremos sobreviviendo.
miércoles, 16 de enero de 2013
'No hay suficiente espacio para tanto vacío.'
Y dejar de respirar.
-¿Alguna vez has sentido que te hacen falsas ilusiones y luego te rompen viva?
-No...
-¿Nunca? Vaya, que suerte.
-¿Tan duro es?
-Es... Es como intentar dejar de respirar. ¿Eso tampoco lo has sentido nunca?
-No, nunca he intentado dejar de respirar.
-Pues... Cuando dejas de respirar, tu pulso se acelera y luego se ralentiza. A lo diez segundos más o menos, te empieza a doler el pecho. Los pulmones se expanden buscando el oxígeno que no llega. El corazón late cada vez más despacio, pero más fuerte, intentando abrir tu garganta. Tu cuerpo manda impulsos al cerebro para que reaccione, pero tú lo bloqueas. Este también te empieza a fallar, así que te empieza a mandar imágenes bonitas, personas, sensaciones... Cosas para hacerte reaccionar. Ves momentos de cuando eras pequeña, ves personas queridas, lugares preciosos... Todo lo posible para que reacciones. Se te agarrota todo el cuerpo. Te duele el pecho, te quema la garganta, se te saltan las lágrimas. Ya no tienes fuerzas, te pesan los ojos. Parece que estás llegando al final, que has ganado la guerra, que todo se va a apagar. Pero en el último momento, tu cerebro hace un sobreesfuerzo y consigue que abras la garganta y boquées. Y respiras. Al menos, te queda algo del instinto de supervivencia. Respiras agitada, como si hubieras corrido durante meses. La adrenalina corre por tus venas como loca, haciendote olvidar. Pero poco a poco te recuperas, y toda la mierda que habías conseguido olvidar gracias a ti, vuelve gracias a ti. ¿Lo entiendes? Cuando parece que vas a acabar con todo, que tú puedes, cuando crees a ciegas que lo has conseguido, tú misma te haces reaccionar. Sí, vives tu momento de euforia, el momento de la incertidumbre, pero luego caes todavía más hondo. Además de recordar por qué estás así, se suma la frase de "Jamás serás lo suficientemente fuerte como para superarlo o acabar con ello."
-Vale, lo he entendido... Pero parece que lo dices desde la experiencia.
-¿En qué sentido?
-En que sabes qué se siente cuando dejas de respirar, y sabes qué se siente cuando te ilusionas y te desilusionas tú sola.
-Bueno, quizás sea que soy demasiado hija de puta conmigo misma.
-O quizás lo son contigo.
-Demasiadas personas se han tenido que equivocar. Es imposible.
-No. Dicen que nada lo es.
viernes, 27 de abril de 2012
Lluvia.
sábado, 24 de marzo de 2012
-Hola, ¿se puede?
Llevamos meses juntos, se podría decir que, yo al menos, los he sentido como años. Han sido el mejor tiempo de mi vida. No lo cambiaría por nada del mundo, lo sabes. Pero algo está fallando. Lo has notado igual de bien que yo, lo sé. Y al principio no sabía a qué echarle la culpa. Pensaba que todo esto era culpa mía, que era yo la mala de la película, que lo estaba hundiendo todo por mi manera de ser. Y lo llegué a pasar muy mal, ¿sabes? Llegué a creer que todo esto había sido puro entretenimiento para los dos, que no me habías querido nunca. Tras muchas noches llorando, y otras tantas tardes entre tus brazos, me convencí de que eso no era así. Entonces metí a la distancia entre nosotros. No puedo decir que hiciera lo correcto, pero en esos momentos prefería engañarme, y lo sigo haciendo. Creía que la distancia era la culpable, que no nos veíamos todos los días, que siempre andábamos de un lado a otro, que esos números nos creaban inseguridades. Bueno, ahora ya sé que todo eso no tenía nada que ver. Que los números son cifras escogidas al azar para intentar hundirnos, para intentar anclarse en nuestro corazón como arpones. Poco duró esa opinión en mi cabeza, pronto se abrieron paso las dudas. Yo no estaba segura de que esto fuese a funcionar, nuestros padres no nos apoyaban, a ninguno de los dos, y luego estaba el que no sabíamos qué podía estar haciendo el otro cuando nosotros estábamos en la escuela, o en un McDonald con los amigos. Sé que a ti te paso, que esto te comía por dentro. Pero lo supimos llevar. No digo hacer desaparecer, digo masticar y tragar sin que se nos hiciera un bolo de inseguridades en la garganta. Tranquilo, no me pongas esa cara, acabo ya. Tras todas esas mierdas, he terminado de comprender qué es lo que nos pasa. Mira, se llama orgullo, y el muy hijo de puta se ha construido una muralla entre tú y yo, impidiendo que seamos un nosotros. El orgullo se ha apoderado de tu mente, y de tu corazón, y lo digo ya, no sé si lo ha conseguido aún. Ese orgullo tuyo te está distanciando,. aunque no lo notes. ¿Lo ves? Estás negándolo todo, estás pensando que estoy loca de celos, que creo que no me quieres. He adivinado, lo sé. Mira, estamos en esa edad. Estamos en la edad de presumir con los amigos, de irnos de marcha y buscar polvos de una noche. Lo sé. Estamos en la edad del pavo, del pavo real, donde lo que más importa no es lo que tienes, sino lo que aparentas. Y sabes que a mí personalmente no me tienes que demostrar nada, porque soy la única persona en este jodido planeta que te conoce perfectamente. Conozco cómo hablas, cómo te expresas, cómo sientes, cómo piensas. Sé cuándo estás incómodo y cuándo estás a gusto simplemente por la manera en la que estás sentado. Sé cómo se tensa tu mandíbula cuando me ves hablando con cualquier chico. Amor, yo lo sé todo. Sé incluso más cosas de ti mismo que tú. Y te he dado este discurso para que sepas que te amo, y sé que lo sabes, porque llevo repitiéndotelo cada segundo desde que me lo permitiste. Te lo he susurrado, jadeado, gritado, escrito, leído, incluso dibujado en cada rincón de tu cuerpo. Igual que tú a mí. Yo no quiero acabar nada, y sé que tú tampoco. No llores, joder, que no puedo soportarlo. Para. ¿Ves? Ahora lloro yo contigo. Sólo falta algo. Sé que acabas de quedarte sin fuerzas, sé que acabas de derrumbar esa muralla de orgullo. Sé que acabas de saltar a ciegas desde tu ego, sabiendo que yo voy a estar ahí abajo. Lo has conseguido. Sh, no digas nada, aquí sobran palabras. Ya sabes qué tenemos que hacer. Tenemos que seguir demostrándonos sentimientos, tenemos que seguir amándonos. Una cosa más, así, para que no se te olvide jamás. Te amo.