miércoles, 23 de octubre de 2013

No sé.

Noches en blanco.
El único sonido que oigo es el pitido de mis oídos, y porque no sé cómo pararlo.
Hace demasiado que mi vida se basa en cafés, cigarros y alcohol.
Creo que me he abandonado.
No sé cuando empezó todo, quizás cuando te fuiste por primera vez.
O quizá un poco antes.
Cuando me fui por primera vez.
Ya no sé escribir.
No sé escribirte.
No sé.

Las tres de la mañana se siguen pareciendo demasiado a nuestras noches, y nuestras noches son tan poco nuestras que ya no se parecen a las tres de la mañana.
Las tres de la mañana es la hora del demonio. De las putas. De dar el biberón a los niños. De apagar el penúltimo cigarro antes de acostarse. De empezar a ver películas. De liarse a hostias.De tomarse la pastilla para poder dormir. De hacer el amor. 
Las tres de la mañana es La Hora. Nuestra hora. A esa hora empezó y terminó todo. Supongo que tú tienes algo de demonio y yo algo de puta. 
No sé.

"Mira Venecia, qué preciosa es llena de agua."
Eso me decías cuando me veías llorar. Decías que iba a acabar haciendo canales y que ya tenías la góndola reservada para dos.
Para ti y para tus mentiras, supongo.
Desde entonces Venecia y yo somos parecidas en ese sentido.
Ambas somos el refugio de los valientes que van a llorar a la ciudad que llora.
Igual yo soy una de esas personas,
No sé.

Y cuándo vas a volver, dime. Ya que siempre lo haces, avísame con tiempo y te preparo un café. 
Últimamente sólo hago eso. Fumar y beber, fumar y beber. Café por las mañanas, cerveza por las noches.
Hay días que es al revés.
Hay días que no me queda café.
Supongo que me he dado a la mala vida como me di a ti.
O igual la mala vida se ha cebado conmigo, como lo hiciste tú.
No sé.

Desde que te fuiste mi maleta sigue esperándonos en la entrada.
Los pasaportes siguen en mi bolso.
Las sonrisas están de huelga.
Hay superproducción de lágrimas.
Ya no siento lo que digo.
Ni digo lo que siento.
El bote de las promesas está vacío.
Y el de los perdones.
Los 'te quiero' se están falsificando a mansalva.
Vuelve.
O no.
No sé.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Bombas.

Despertador. Te levantas, te vistes, coges la mochila, vas a la cocina, desayunas algo, te lavas los dientes, te peinas y sales de casa. Todo en tiempo record. Como siempre, vas tarde y te esperan impacientes en la esquina de siempre. Saludas y empezáis a andar hacia el instituto. Veinte minutos andando. Llegas a clase, te sientas, seis horas sin hacer nada, ni siquiera pensar. Timbre. Otros veinte minutos andando. Algunos días tienes conservatorio y tienes la gran suerte de no llegar a casa hasta las ocho. Otra tarde sin hacer nada. Te duchas. A veces tocas, otras ni eso. Enciendes la tele. La miras, la oyes, pero no ves nada. Una de la mañana. Apagas la tele. Dejas el móvil en la mesita de noche y cierras los ojos. Sabes que es en vano, que tardarás horas en dormir y que en cuanto lo hagas volverán los monstruos. Tus putos monstruos, o los de él, ya ni sabes. Dos de la mañana, tres, cuatro. Consigues dormirte. Pesadillas. Pero no como las de los críos, no. Estas son reales. Son recuerdos que te persiguen, conversaciones, palabras, alguna que otra pelea. Son tus monstruos, tus clavos, los que te recuerdan noche tras noche que te mereces todo lo que te está pasando, que mereces odiarte y que te odien, que mereces estar sola. Cinco y media. Te despiertas de golpe, no puedes más. Coges el tabaco y sales al balcón. Se despierta tu madre para ir a trabajar, te ve, se enfada, chilla, sale tu padre, chilla más. Vuelves a la cama. Una vuelta. Dos. Tres. Nada. Te levantas y te duchas. Las seis y media. Te vuelves a tumbar y cierras los ojos. Total, no tienes nada mejor que hacer. Despertador.

 Un momento.

 Rebobina.

 Así no te esperabas una entrada, ¿verdad?

 Pues este es mi día a día.
Ya ves, tengo el tiempo justo para sonreír una vez cada 24 horas. A veces ni eso. Antes no era así, es obvio. Antes me despertaba después de haber dormido del tirón y tenía un jodido mensaje suyo, cada día distinto, dándome los jodidos buenos días.
Ahora no lo son. Nunca son buenos días, por eso no los doy.

 Me dicen que he cambiado, que dónde están mis famosas bromas. Estar, están ahí, lo que pasa es que no las dejo salir.
Pero no quieres dar pena. Sabes de sobra que hay gente peor que tú. Hay gente luchando por una mínima democracia, por dar de comer a su familia, o incluso por encontrarla entre escombros de guerra. Hay gente que se pone la soga al cuello cada mes porque no tiene ni un trozo de pan en la cocina, y gente que se la quita por los suyos.
 Hay gente mil veces peor que yo, y gente mil veces mejor luchando por su propio ego.

 Pero qué mas da, mi guerra civil interna sigue ahí. Cada día con más bombas, más muertos y más desaparecidos. Cada día es más caótico, más ilógico, más irracional.
Y me auto destruyo sin ni siquiera tocarme. Me mato cual tabaco rubio.
Pero ya me da igual. Me doy igual. Me dais igual. Sigo adelante por inercia. Actúo por impulsos y contesto mecánicamente.

 Hay gente que me anima a seguir, que me dice que esto sólo es una mala racha, que he salido de peores. Quizás tengan razón, pero también es verdad que a lo hecho, pecho, y en el pecho se me ha acumulado todo, y ahora está estallando poco a poco.
Sólo quiero que me dejéis con mi desastre y el vacío que está produciendo el caos. Que me dejéis explotar por dentro hasta que no me queden más bombas, y luego ya si eso os dejaré derribar las murallas y hacer con mis ruinas lo que os dé la gana.
 Pero antes dejad que acabe conmigo misma.

Y así, quizás, alún día vuelva a tener unos buenos días esperándome.

martes, 30 de abril de 2013

No sé si llamarlo 'mala racha' o 'mala vida'.

Hablando de malas rachas, yo sigo igual. Tal y como me encontraste, y tal y como me dejaste. Quizás por eso te fuiste, porque no conseguiste recomponerme. O porque no supiste por dónde empezar a hacerlo. Tranquilo, yo tampoco sabría. Yo también me abandoné hace tiempo, así que entiendo perfectamente que lo hayas hecho tú. ¿Sabes? Hubo un tiempo en el que llegué a creer que de verdad venías para ayudarme, que ibas a conseguir arreglar un poco todo este caos. Pero sólo me desordenaste más. Me confundiste, me ilusionaste, me sacaste del pozo, ¿para qué? Para tirarme en un pozo más hondo, más maloliente y más oscuro. No te culpo, es normal que no me aguantases. Como me dicen todos: "Quién te va a querer, y quién te va a aguantar, si no lo haces ni tú misma." Y es verdad, no me aguanto. Pero no es mi culpa que mi peor enemigo esté detrás de un espejo, o dentro de mí. No es mi culpa que el odio que siento no lo pueda descargar contra nadie excepto contra mí. Sinceramente, aguantaste bastante. Quizás hasta demasiado. Viniste y tuviste que sostener dos vidas enteras con una sola mano, porque con la otra estabas recogiendo mis escombros. Aunque la verdad es que esto ya no sé si es una mala racha o simplemente es mi forma de vida. Hace ya tanto que me dieron la primera patada que ya ni la recuerdo. Y, sinceramente, ni siquiera os estoy hablando de mal de amores. Ojalá sólo fuese eso. Os hablo de incomprensión e impotencia desde hace años. Bueno, admito que en estos dos últimos años este tema ha paliado bastante, y ya no le doy tanta importancia. Pero siempre queda marca, y a la hora de la confianza, se nota. Porque confié en ti, claro, pero no confié en mí. Sabía desde un principio que yo la iba a cagar, y por eso me reservé hasta el final, por eso no te dejé ver todos los males desde el principio, porque sabía que ibas a huir. Admito que no luché todo lo que te debería haber hecho, y que no lloré lo que podría haber llorado. Pero es lo que soy, una insuficiente para todo y para todos. Te lo dije desde el principio, no busco que me entiendas, pero espero que acabes haciéndolo. También es normal que no me entendieses, porque yo tampoco lo hago. Por desgracia, yo tengo que convivir conmigo 24/7. Tú, por suerte, no. Así que si yo no me entiendo, ¿cómo lo ibas a hacer tú? Es ridículo. Qué más te puedo contar. Supongo que tú tampoco estarás tan bien como te gustaría. Supongo que también te jodí en su momento, y por eso también me odio. Pero no puedo hacer más. Ni quiero. Porque si hago algo seguro que la cago, así que me limito a descargar un poco de mi culpa interna en cuatro putas lineas. Qué chiste, como si teclear dos minutos fuera a hacer que me doliesen menos tantos meses. En fin, sigo con mi mala racha. O con mi mala forma de vida. Ya está bien por hoy.

viernes, 19 de abril de 2013

Aquí estamos de nuevo.

En verdad no sé cómo empezar todo esto. No sé si desde el principio o desde el final. No sé si odiándote o queriéndote.
Quizás sea más cómodo abandonar el teclado ahora que puedo y olvidar todo esto. O quizás la lucha interna que tengo me impide hacerlo. La cosa es que me duele. Me duele escribir, pensar, recordar. Me duele, o me dueles. Según cómo y quién lo mire. Admito que quizás sea mejor así. Que tanta batalla nos había llevado hasta la más mísera decadencia. Pero ahí seguí yo, luchando contra lo imposible cuando tú habías abandonado hace tanto que ya estabas reconstruyendo los daños. Admito que no me dí cuenta, que no supe ver que ya no jugabas en mi misma liga. Pero siempre pueden haber partidos amistosos entre equipos de diferentes ligas, ¿no?
Claro que tengo miedo. Tengo miedo de pederte totalmente. De no volverte a ver. De que me olvides. Tengo miedo de no volver a escuchar tu risa. Tengo miedo de lo que seré sin ti. O lo que dejaré de ser.
Y es cierto eso que dicen de que los ojos vacíos son los más peligrosos, por el abismo infinito que esconden. Y no sé en qué momento me caí por los tuyos pero para cuando me di cuenta ya no había arnés que me sujetase a la realidad.
Quizás por eso no me di cuenta de que ya no me mirabas a mí. O igual lo que pasó fue que me dejé llevar. No lo sé. No lo sabes. Nadie lo sabe. La cosa es que ya no somos, que ya no soy, porque ya no eres.
Y sinceramente necesito que seas, porque necesito ser, y necesito que seamos.
Así que, volviendo al principio, o al final, la cosa es que te quiero, y que te odio, y que odio todo esto, pero te quiero. Así que como tampoco sé cómo acabar esto, dejo que lo acabes tú mismo.